LOS PIBES DE AFUERA: Reconstrucción identitaria y pertenencia en grupos de emigrantes latinos en Europa


Resumen

Este ensayo analiza la reconstrucción de la identidad en emigrantes argentinos en Europa ante la ruptura de sus grupos primarios. A través del análisis de la experiencia de desarraigo, se examina cómo la falta de pertenencia y confirmación puede debilitar la mismidad del sujeto al volverlo "invisible" ante una cultura ajena. El trabajo sostiene la hipótesis de que los grupos de pares en el exterior operan como una barrera de contención psíquica y un mecanismo de confirmación personal profunda. Se concluye que estos vínculos no son meramente sociales, sino una estrategia de supervivencia identitaria que permite al individuo recuperar su autenticidad y reafirmar su convicción de pertenencia a pesar de la distancia física.




Introducción

El desarrollo del presente trabajo se sustenta bibliográficamente desde el marco teórico propuesto por la cátedra, pero también desde la experiencia personal de quien escribe y la constante curiosidad del mismo de conocer nuevas vivencias; que da como resultado un inconsciente trabajo de recolección de datos que serán expuestos aquí. 

Comienzo diciendo que aquel 25 de noviembre de 2024, el día en el cual con mis dos hermanos nos despediamos de toda mi familia en Ezeiza, eran más mis miedos al qué va a pasar o a qué nos esperaba del otro lado del charco que un sentimiento negativo por el alejamiento a los míos. Es que la meta inicial era totalmente burocrática; hacer los papeles de ciudadanía italiana y regresar a mi ámbito de pertenencia con mis grupos primarios en términos de Schein (1982): “El prototipo original de estos grupos, conocido a menudo como grupo primario es, desde luego, la familia. ” (p. 140). A lo anterior le agrego a mis amigos, compañeros del día a día, vecinos, etc. Esta idea de lograr el objetivo lo más pronto posible ignoraba innumerables cosas que en la vida real suceden, tanto positivas como negativas. Lo que parecía un viaje de tres o cuatro meses, terminó siendo un viaje de casi nueve meses para mí (mi hermanos aún no regresan). Desde un primer momento, la idea de estar al margen de todo, cumplir simplemente con lo que el trámite demandaba, llevó a que el viaje en un inicio sea un tipo de aislamiento social, imposible de sostener. Esta imposibilidad no se daba simplemente porque uno al llegar a un lugar completamente nuevo, en todos sentidos, necesita de alguien que le aconseje cómo iniciar; la autora lo describe mejor: “La persona es un ser-en-relación. Un ser que en gran parte está hecho de los otros y seguirá necesitando esencialmente de los otros durante toda su existencia. ” (Barreiro, p. 35, 2000). 

Fue desde ese momento que el viaje comenzó a cambiar. Luego de casi dos años lo puedo identificar, en ese momento era imposible e incluso era una locura pensarlo. El mismo trajín me llevó a conocer gente local que desde su curiosidad de pueblerinos te extraían la mayor cantidad de información posible mientras esperaban en la fila del supermercado. Lo curioso era que eran relaciones, si es que se le pueden llamar así, efímeras. No quiero que se entienda acá que el ciudadano europeo es un tipo de persona arrogante o interesada, es que simplemente la existencia de factores socioculturales que generan una brecha tácita entre las partes lleva a que muchas veces se den conversaciones banales o asépticas desde lo personal. Son esos momentos donde uno se olvida qué fue lo que lo llevó realmente a alejarse de sus grupos primarios, se olvida cuál era el objetivo por el cual se encontraba allí y hasta incluso dudar de su propia mismidad identitaria. En lo personal, fueron los primeros argentinos (Nicolas, Guillermo y Facundo) los que fueron capaces, sin ellos saberlo, de acortar, aunque sea un poco, la brecha de la cual hablaba anteriormente. Sí creo -apreciación personal- que esa distancia, en todas las dimensiones posibles (social, cultural, económica, lingüística, etc) es y será imposible romperla; por más que uno decante toda su vida en Europa. 

En el desarrollo del trabajo iniciaré con un paralelismo con el ostracismo en la Antigua Grecia, donde el exilio de la polis se consideraba peor que la muerte física. Basándome en Barreiro, explicaré que la soledad radical en un entorno extraño no solo priva de afecto, sino que reduce la mismidad del individuo y va debilitando su sí-mismo. Lo anterior se irá relacionando con detalles de experiencias personales con el objetivo de exponer por qué serán importantes “los Guilles, los Nicos, los Facus” , en una idea de hablar a través de ellos de la inmensidad de actores que uno necesita y va a necesitar para transitar todo sentimiento de desarraigo y continuar autoproduciendose identitariamente -argentino, latino, etc- , en tanto se necesita constantemente la ratificación de los otros para confirmar quién es y la confirmación de personas que nos permitan ser auténticos.


Paralelismo con la Antigua Grecia 

El título de éste apartado busca anticipar al lector las similitudes encontradas en la Antigua Grecia con la Modernidad. A lo largo de toda su obra política, Aristóteles sostiene que el mejor político no es el más sagaz, sino el más prudente que vela por la comunidad política. Es que, para el filósofo griego el ser humano es concebido como un zoon politikón, es decir un ser que dialoga y no puede vivir sino es en sociedad. La primera es oikós (el hogar: la familia), pero también, si es libre, debe implicarse en la polis, en el gobierno de la ciudad. Identificar cómo entiende Aristóteles y la Antigua Grecia al ser humano será importante para acercarnos al pensamiento de Telma Barreiro. 

Entender al ser humano como un ser gregario ya desde aquellos tiempos permite traer a colación una práctica muy significativa para los ciudadanos, el ostracismo. "Esta práctica consistía en una reunión de los ciudadanos con una finalidad muy diferente al resto y muy concreta. El objetivo del ostracismo, así como Clístenes lo instauró, era desterrar a una persona durante diez años. ”(Maldonado García, 2018, párr. 4). Una práctica consensuada que necesitaba un quórum mínimo de seis mil votos para que, democráticamente, un personaje sea exiliado. Paradójicamente, tal como en muchos casos individuales de nuestro grupo de cuestión, la persona desterrada podía conservar sus bienes y propiedades las cuales rencontraría después de diez años de exilio. 

El breve recorrido desarrollado nos permite encontrar una, sino tal vez la más importante, similitud de aquella sociedad griega con el grupo de emigrantes. El ostracismo (el destierro de la polis) era considerado un castigo peor que la muerte física. ¿Por qué? Porque concebían al ser humano como un animal social, al perder su comunidad, la persona perdía su identidad, sus derechos y su razón de ser. Esta visión histórica dialoga con la perspectiva de los textos de la materia. La emigración, vista como un "destierro" (sea económico, voluntario o forzado), genera muchas veces un vacío inmenso.


¿Qué es un grupo? 

“Un grupo psicológico es cualquier número de personas que (1) interactúan unas con otras, (2) que sean psicológicamente conscientes unas de otras y (3) que se perciban a sí mismas como un grupo. ” (Barreiro, p.132. 2000). 

Es importante agregar a la definición anterior que no se debe entender a un grupo como una congregación porque en ellas las personas no se perciben a sí misma como un grupo. Lo importante aquí es el ímpetu básico que estimula la conformación del grupo y surge del proceso organizacional. 

Desde el momento que de manera imponderable nacemos en un continente, país, provincia y ciudad a las personas se nos asigna un grupo primario; la familia. Esta arbitrariedad nos lleva a crecer y aprender dentro de un marco social, económico, político y cultural de cierto modo establecido. Absorbemos todo aquello que nos rodea sin resistencia hasta que lo adquirimos como lo normal, lo nuestro. Si bien no es tan lineal este proceso de aprehensión, sí muchas veces llegamos a una edad donde la variante de la globalización y la curiosidad a muchos nos invade. Pero; ¿Qué pasa con todo lo aprendido? ¿Se puede de alguna manera alejarse de manera física de nuestros grupos primarios y adentrarse en otros completamente diferentes?. Físicamente afuera, pero ¿mental y espiritualmente? 

La importancia de los grupos no se encuentra en el hecho simplemente de entender que somos seres gregarios, es aún más profundo. Para Barreiro (2000) éstos desempeñan una gran cantidad de funciones para sus miembros y para la organización. Cabe aquí una aclaración personal ya que si bien el texto inicia hablando de grupos dentro de una organización de trabajo, algo que no busco relacionar, sí se encuentran vínculos en lo que ella llama funciones psicológicas individuales de los grupos.



Los pibes de afuera 

El fenómeno de la emigración es una realidad que es incluso cercana a alguien que está en Argentina pero tiene un conocido afuera. Para ser más preciso, la emigración argentina a Europa ha crecido sostenidamente, con España como principal destino, donde la población nacida en Argentina aumentó un 50% entre 2021 y 2025, superando las 450.000 personas (LN Data, 2025). En 2021, la migración a España aumentó un 65,8%, con más de 30.000 nuevos residentes, cifra comparable a la crisis de 2001 (Infobae, 2022; Telefe Noticias, 2022). Italia es otro destino importante. No busco nombrar las distintas razones que llevan a las personas a emigrar porque son innumerables, pero sí adentrarme a cómo el cambio principalmente social y cultural afecta a los miembros de nuestro grupo en cuestión. 

Barreiro describe las funciones que los grupos desempeñan en sus miembros. Ante todo, los grupos son un medio para satisfacer nuestra necesidades de afiliación, es decir, nuestras necesidades de amistad, apoyo moral y afecto. El primero de éstos suele ser la familia, luego los amigos y compañeros de trabajo. También, los grupos son esencialmente un medio de desarrollo, incremento y confirmación de nuestro sentido de identidad y mantener nuestra estima de sí mismo (quiénes somos, qué estatus y valor tenemos, qué tan dignos nos sentimos). A su vez, los grupos sirven para establecer y comprobar la realidad social. Para la autora se puede reducir la incertidumbre que nos produce el medio social discutiendo con otros los problemas que se nos presentan, buscando perspectivas comunes y tratando de llegar a un consenso sobre la forma de resolverlos. Los grupos sirven también para reducir la inseguridad, la ansiedad y la sensación de impotencia. Recuerdo el contacto con el primer argentino, Nicolás, el cual fue quien nos transmitió a mí y a mis hermanos la necesidad de abandonar la idea de “vengo por los documentos y me voy” , ya que eso lo único que provocaba era una ansiedad constante que decantaba en frustración por la lentitud que implican los trámites. Finalmente, un grupo puede convertirse en un mecanismo por medio del cual sus miembros pueden resolver los problemas del grupo y/o de sus propios integrantes. Nico, quien ya había viajado mucho y se encontraba en
su sexto mes de espera de ciudadanía, compartía el pensamiento de vivir la experiencia completa y tomar el largo camino como un aprendizaje constante. 

En el momento que una persona tiene en mente emigrar, en muchas ocasiones el factor social suele ser el que más se considera. Es que dejar atrás todos los vínculos de familia y amistad que uno construyó y habitúo puede decantar en una falta de afecto y apoyo, al menos cercano o conocido. Es cierto que, y no quiero ser repetitivo con esto, existen excepciones. No todas las personas, ni en todos los países se es “familiero” y “amiguero” . Pero sí es cierto que muchos de los que vamos en busca de nuevas oportunidades entendemos que no es posible trasladar nuestra nación con nosotros. Es ahí cuando sabemos que el ser abierto a conocer otras personas será todo un gran desafío, de lo contrario, una no afiliación, puede desencadenar en una caída psicológica. Esta sensación de desdibujamiento personal se refleja en el relato de una joven argentina en España: “Al principio sentís que tu identidad se diluye porque nadie entiende tus códigos, tus silencios o tu forma de afecto; te volvés una sombra hasta que te cruzás con otro argentino y sentís que volvés a existir” (El País, 2023). Esto refuerza la idea de que somos, irremediablemente, tributarios de los otros para confirmarnos. La experiencia personal me ha llevado a pensar que el estar preparado para emigrar no solo se reduce a tener la posibilidad económica, mentalmente se debe estar preparado en el presente (el momento que uno viaja) y el futuro. Con el futuro me refiero a que existen días y fechas más difíciles de transitar (cumpleaños, navidades, año nuevo, etc) que otras. Si bien parece lógico, aún recuerdo mi primer navidad y año nuevo lejos de toda mi familia en un pueblo de menos de mil habitantes, que esas fechas serán las más difíciles, puedo asegurar que la misma vida cotidiana te pone en situaciones donde un abrazo genuino de un emigrante latino a otro puede reducir cualquier sentimiento de vacío y soledad que genera estar a más de diez mil kilómetros de tu país de origen. He presenciado personas llorar por un abrazo. 

El segundo punto, el cual pienso el más relevante, es una constante en muchos y que pocas excepciones se escuchan cuando uno viaja, incluso por vacaciones. La identidad de uno tendrá que ver mucho con el primer grupo nombrado anteriormente, la familia. Yendo aún más allá los amigos, la ciudad, el país; lo podríamos englobar a todo en la cultura. Es que todo aquello que de niños frecuentamos, las tradiciones, las festividades y demás, configura el modo de desarrollo que tenemos de nosotros mismos. Dentro de nuestro país es difícil que todo aquello nos quede lejano, es lo habitual. Cambia en el momento en el cuál la lógica cultural de otro continente nos recibe. El cómo se aprehende ese cambio es crucial para nuestra identidad y estima de nosotros, no porque cambiar lo que esencialmente somos sería erróneo, incluso puede pasar, pero sí porque el choque a la lejanía de lo que nos construye puede crear una sensación de vacío o desorientación. Siendo más puntual, y apelando a muchas experiencias personales y de conocidos, es común que en los grupos que se crean de emigrantes de diferentes países latinos se hable de las cosas que le falta a la ciudad/pueblo europeo donde se encuentren, paradójicamente siempre son las cosas más simples que pueden existir, y aún más interesante, cosas que, estando en su país de origen, no se las atesoran. Pasamos de enaltecer a Europa por su economía, seguridad, estabilidad y demás al, estando una vez allí, exigir; mayor calidez entre las personas, relaciones sinceras, compartir un mate, una comida, un abrazo, a la familia. 

Si hay algo que nos destaca como argentinos es llevar la bandera a todos lados, pero si bien la “argentinidad” es una realidad, también lo es el hecho de que a ese fenómeno nacional lo construimos estando en grupo. Tal como escribe Barreiro los grupos nos completan la realidad social. En el caso de todos aquellos que se fueron de sus países encontramos en ellos claridad en un entorno atípico. Nuevos idiomas, formas de relacionarse, formas de trabajo, horarios, costumbres, generan que uno muchas veces no se sienta parte o se sienta extraño en ese entorno, es por eso que todos esos problemas de identidad se pueden plantear con los otros miembros y de alguna manera compartir la carga que puede generar y también recordarse, a través del resto, quién es uno mismo y qué valor tiene.


¿Ser o pertenecer? 

Ya dejé en claro que existen excepciones, como en todas las cosas. Pero para la autora hay algo que es intrínseco a todos los seres humanos:

“Hay una serie de necesidades que son comunes a todas las personas, que corresponden al bagaje de lo que podríamos denominar "necesidades humanas básicas". En general, cuando se habla de "necesidades humanas básicas" , se suele pensar en necesidades estrictamente biológicas o fisiológicas como la de alimentarse o dormir, sin embargo, podemos hablar también de algunas necesidades humanas básicas que corresponden a la esfera psíquica. Una de ellas, la más genérica que podríamos enunciar en relación con lo grupal es, precisamente, la necesidad de pertenencia” (p.35, 2000). 

Creo pertinente mantener la extensión de la cita anterior por la precisión que tiene para este apartado. La importancia de la pertenencia reside en su génesis organizatoria de nuestra estructura psíquica, constructora de nuestra identidad y persona. El grupo nos provee de modelos identificatorios, de un lenguaje, de normas y valores; como precisa Barreiro, nos posibilita la construcción de la autoimagen mediante el mecanismo de espejos que nos brindan nuestros otros significativos. 

Rápida y erróneamente se puede pensar que si uno a sus veinti tanto de años decide emigrar, no tendría por qué necesitar de otros para recordar quién es, sus valores y tradiciones. A esa edad uno ya no es un niño. Este tipo de pensamiento se reduce en la constitución primigenia de nuestra identidad. Ignora que a lo largo de nuestra vida seguiremos necesitando confirmación, aceptación, ratificación, convalidación de imagen, de autoimagen. Y eso nos lo dan los otros. Esto no se limita solo a emigrantes, incluye a todos los seres humanos del mundo y se explica porque, como escribe la autora, la persona es un ser en relación. Ya no solo nos detenemos en ser seres gregarios que necesitamos de otros para convivir y sobrevivir, sino que al ser seres que en gran parte estamos hechos de los otros y seguirá necesitando esencialmente de los otros durante toda su existencia para confirmar quiénes somos y a dónde pertenecemos. 

El destierro rompe violentamente la red de pertenencia originaria del emigrante. Al llegar a Europa, se puede sufrir una herida en esa necesidad básica. La fuerza que atrae para conformar nuevos grupos es la urgencia por reconstruir esa matriz de identidad compartida en un territorio ajeno. Son en esos momentos donde la identidad compartida se refleja en pequeños símbolos como lo puede ser un mate, una canción, una charla de temas del país de origen. Siendo más preciso son esos momentos donde uno no solo reconstruye esa matriz de identidad compartida sino que al mismo tiempo busca no quedar excluido, de lo contrario la persona caería en la soledad. El grupo de pares actúa, efectivamente, como un "kit de supervivencia" . Como explica un emigrante en Italia: “Juntarse a tomar mate con los pibes no es solo nostalgia; es el único momento del día donde no tengo que actuar ni poner pose ante el local. El grupo es lo que me recuerda quién soy realmente” (La Nación, 2024). “Uno de los grandes miedos ,miedo oculto y no siempre reconocido o confesado, es el miedo a la soledad. La soledad (cuando es una soledad radical) no sólo nos resta posibilidad de comunicación, de estímulo y afecto, sino que, de algún modo, reduce nuestra "mismidad" , va debilitando nuestro "sí-mismo" (p.35-36. 2000). De nuevo, el ser humano necesita satisfacer su necesidad de interacción humana. Bien continúa la autora diciendo que aceptar y ratificar la naturaleza eminentemente social de las personas, admitir que somos irremisiblemente tributarios de los otros tiene una enorme importancia ideológica. Así, la necesidad de pertenencia está vinculada con la necesidad de confirmación, de afirmación de sí mismo y fortalecimiento de la autoestima. La autoestima, en tanto aprecio que cada uno de nosotros tiene, o siente, por sí mismo, depende, en gran medida, de la autoimagen. El europeo local, por más amable que sea, tiene otra idiosincrasia, otro humor, otro modo de relacionarse, otra forma de demostrar afecto. Frente al choque cultural, el emigrante siente que su sí-mismo (su ser argentino/latino) se debilita o se vuelve invisible. El grupo de pares actúa como una barrera de contención psíquica frente a la amenaza de dejar de ser quienes son. 

Me parece interesante el apartado donde Barreiro desarrolla la autoimagen ya que deja a la suerte del lector sostener éste fenómeno como más pertinente le sea describirlo. En línea con el propósito de mi escrito pienso que sí existe la autoimagen. Cómo nos vemos y sentimos nosotros va a ser siempre lo primero que el resto recordará para siempre, y eso condicionará el modo de relacionarnos con los otros. No creo que tenga que ser algo de suma privacidad, ya que sí creo en el cambio constante de esa autoimagen, pero no por conveniencia sino por convicción propia. Puede sufrir transformaciones en la autoimagen pero nunca debe ser por miedo a no pertenecer o agradar. Muy importante y difícil, esto es una apreciación propia, será cambiar rotundamente la autoimagen que logramos en los primeros años de vida por el contagio inevitable de nuestro primer grupo primario, la familia. Uno puede cambiar de ciudad, país, continente, pero la naturaleza, en este caso, latina será muy difícil de corromper. Y eso se evidencia constantemente en los grupos de emigrantes, el fenómeno lunfardamente llamado “extrañitis” es real. Una realidad que pesa incluso más que cualquier tipo de moneda extranjera en una cuenta de banco extranjera. 

De todos modos, debo hacer aún más énfasis, siguiendo a la autora, en que el proceso de construcción no se agota en la influencia de nuestro grupo primario de influencia. La autoimagen inicial puede haberse ido modificando (o ratificando) de acuerdo con ciertos procesos internos en los que tal vez incidieron nuevos otros significativos que destacaron o valorizaron otros rasgos en nosotros. Aquí nos adentramos en el hecho de que “somos”, en gran parte, en la medida que recibimos confirmación o ratificación, función que cumplen los otros significativos. La intensidad de la demanda de cada persona dependerá en alguna medida del grado de seguridad ontológica o seguridad personal profunda alcanzada. Los casos varían por la masividad, pero también por los estadios personales. Hay personas que al llegar y vivir en Europa no sienten que su ser latino se “desconfirma” , pero sí muchas veces siente que, más allá de una barrera lingüística, hay momentos en los que el local no entiende sus modos, su efusividad, su carisma, su ingenio. El grupo de emigrantes se consolida rápidamente porque se convierten en los nuevos "otros significativos" . Son los únicos espejos que le devuelven al sujeto una imagen válida y valorizada de sí mismo, mitigando el dolor del destierro y desarraigo. Estos espejos se pueden observar a veces abierta y explícitamente; en nuestro grupo en sentarse a hablar del país de origen, sus familias, etc, otras veces en pequeños mensajes o símbolos, un mate, un abrazo, una tonada, una canción. La autora diferencia entre una confirmación social (más externa o menos comprometida), y una confirmación más íntima. “La confirmación personal profunda se da con personas con las que nos comunicamos intensamente y que, por lo tanto, son capaces de vernos en nuestras zonas más internas, de aceptarnos y valorarnos como somos, aun con nuestras debilidades e inseguridades. ” (Barreiro, p.40. 2000). Hay personas que nos posibilitan ser nosotros mismos, ser “auténticos” , y otras en cambio que nos crean cierta tensión; no ponemos “en pose” ante ellas, porque necesitamos presentar una “imagen. Ante los miles de kilómetros que nos encontramos de nuestro país, familia y amigos, el grupo que logremos integrar, y que más se asemeje a todo aquello que tenemos lejos, será de vital importancia para ser nosotros mismos. Por experiencia propia puedo decir que muy difícil será encontrarlo en un grupo que no sea, al menos, latino. 

El recibir confirmación por parte de otras personas y, sobre todo, de quienes son valiosas o importantes para nosotros, mejora nuestra autoimagen, aumenta nuestra autoestima y nuestra seguridad personal.


Conclusión 

No creo que el presente trabajo requiera de un cierre aún más profundo. Aprovecho para reafirmar que todo lo explayado, si bien está basado en un interesantísimo marco teórico, está esencialmente nutrido de casi un año viviendo en Europa. No se debe confundir lo desarrollado con temas como la amistad u otro, busqué aún ahondar más en grupos que intrínsecamente uno estando en el exterior debe habitar por una pseudasupervivencia social. No solo por el hecho de que somos seres gregarios que necesitamos de otros para desarrollarnos y todo lo que la biología puede explicar mejor. Incluso, no solo por lo que la psicología podría decir sobre la soledad y cientos de enfermedades que pueden devenir de eso. Los otros, en un contexto completamente diferente y novedoso, serán de suma importancia para nuestra confirmación de nosotros mismos, nuestro desarrollo y crecimiento personal. Claro está, esos otros deben ser, al menos, lo más parecidos a nosotros (podría agregar miles de adjetivos latinos, imagine usted). De nuevo, no sería equívoco “europarizarse”, incluso sucede, pero al final lo que nos lleva a terminar tomando un mate frente al Coliseo Romano es nuestra esencia argentina/latina. 


Cierre aún más personal 

Pequeño apartado para revalorizar el animarse a viajar y chocarse con todo lo anterior descrito. Se puede volver al país con miles de anécdotas, fotos, momentos, cosas materiales, al final pienso que son cosas efímeras. Pero viajar y estar lejos de casa te devuelve algo que nunca se esfuma; la convicción de que la casa, la ciudad, el país de uno es el mejor del mundo. 

Me quiero tomar el atrevimiento de agradecer al profesor Yamil y a la cátedra por brindarme la posibilidad de escribir un ensayo con mucho sentido de pertenencia y autoimagen.